Dos monstruos entran en la diminuta casa, al amparo de la noche. Ambos son silenciosos, tanto que nadie se da cuenta de su llegada. Uno de ellos es la Criatura del Bosque. Él es quien se oculta entre las sombras, el que te desorienta con sus caminos engañosos. Si no andas con cuidado, te adentrarás en lo más profundo de su hogar y nadie te encontrará jamás. Su compañera es la Dama del Río. Sus aguas son traicioneras y frías, cruzarlas puede significar tu muerte. Muchos se adentran en sus dominios con la esperanza de encontrar oro y joyas, pero lo único que encuentran es la perdición.
Con miedo, la
Criatura del Bosque enciende la pequeña lámpara de gas con sus ramas nudosas.
La luz temblorosa ilumina unos pocos muebles y la chimenea apagada del salón.
La Dama del Río mira a su alrededor, aún le cuesta entender por qué al hombre
le gusta vivir entre cosas muertas. «¿Cómo pueden rodearse de tanta tristeza y
soledad?». Agua y Madera se miran y hablan sin palabras de su decisión:
¿conseguirán hacerse pasar por hombres? ¿Podrán entender a esos monstruos que
destruyen sus hogares y les temen solo por su apariencia? Una parte de ellos
espera poder lograr lo que parece imposible, la otra quiere fracasar y dejar
las cosas como están… Porque, si entiendes a tu enemigo, ¿en qué te puedes
llegar a convertir?
Escondidos entre
las sombras de su nuevo hogar, ambas criaturas se abrazan. Esta es su última
noche, al día siguiente empezarán su vida como humanos.
Magda, la más ilustrada del pueblo, mira a su nueva
ayudante con gesto despectivo. No es que le gustase mucho su predecesor, un
chico joven y algo alocado, pero se había acostumbrado. Muchos están
preocupados por su desaparición, pero ella está convencida que se ha ido a la
ciudad, como muchos jóvenes hoy en día. Seguro que en unas semanas volverá
pidiendo perdón por haber huido. Pero mientras, sigue necesitando alguien que
le ayude y Lete ha llegado en el mejor momento posible.
—No
toleraré los retrasos, cualquier cosa que rompas deberás pagarlo, y espero que
aprendas tan rápido como te enseñe. Tengo trabajo que hacer y no puedo
permitirme una ayudante torpe. —Magda se ajusta las pequeñas gafas en un gesto
inconsciente y levanta la cabeza para poder ver mejor a su nueva ayudante.
—No
se preocupe, señora. Haré mi trabajo con cuidado y dedicación.
La Dama del Río no se da cuenta, pero su porte es
altivo como una cascada en primavera, sus ojos son el hielo de las montañas, y
su pelo es como un lago en la noche más oscura. Intimida. Personas como Magda
solo puede intentar ponerse a su altura con palabras, pero todos, sin
excepción, bajan la vista tarde o temprano. Incómoda, la estudiosa se centra en
los papeles de su mesa como si no pasara nada.
—Bien,
bien… hoy iremos a la presa en construcción. No confío en el capataz. Su ineptitud
hará que todo el pueblo quede inundado en las próximas lluvias. Si al menos no
escatimara en recursos… Mis planos, jovencita, están diseñados a la perfección;
no hay nada que se me escape… Pero la realidad siempre insiste en presentarnos
retos insospechados, ya verás…
Magda revuelve entre sus papeles y rebusca en todos
los rincones de su pequeño despacho.
—Te
enseñaré lo que tenemos que llevarnos… así la próxima vez no tendré que
contártelo… ¿Sabes de letras y números? Es igual… si tengo tiempo te enseñaré…
Lete deja hablar a la mujer intentando contener su
emoción, ¡irán a visitar la presa! Ese muro de piedra gris significa para ella
odio y fascinación. Odio porque ha secado su hogar, fascinación por el hecho de
que una criatura como el hombre sea capaz de construir algo así. Atenta a todos
los movimientos de la arquitecta, Lete aprende y memoriza. Quiere saberlo todo.
A ojos del hombre ha decidido llamarse Tapio. Todos le
consideran un hombre distante, incluso en el pueblo comentan lo extraño que es
en comparación a su grácil mujer. Gracias al otoño que entra, su corteza se ha
debilitado y está empezando a marchitarse, el musgo de su pelo ha perdido todas
las flores del verano, y en vez de verde ahora es de un gris plateado. Nada de
eso sirve para camuflarle. Es demasiado compacto, robusto, nudoso; sus ojos
profundos y sabios hablan de secretos y misterios. Por suerte, a Tomás, no le
importan esas cosas. Anciano, cansado de la vida y medio ciego, solo quiere un
aprendiz que le ayude.
Desde hace un tiempo sus magníficos animales de cría,
la envidia de todo el valle, han estado inquietos, como si presintieran algo
que solo ellos pudieran ver. Los caballos se han herido varias veces intentando
saltar la valla, los perros aúllan a la noche intentando alejar la oscuridad
que envuelve la casa. Por suerte ha podido encontrar a Tapio. Quizá sea algo
extraño y de pocas palabras, pero parece saber qué necesita cada animal en todo
momento. Con paciencia y dedicación, todos los días saca a pasear a los caballos
por los campos, entrena a los perros para que sean amigos del hombre y lo
protejan, vigila que cada uno de ellos tenga todo lo que necesita. Al principio
al viejo Tomás no le gustaba nada que dejase tan libres a sus animales, pero
con el tiempo ha tenido que reconocer que están mucho más sanos. Contratar a
Tapio ha sido la mejor elección que ha hecho en su vida.
—¿Estas
bien? Pareces… ansioso. —Lete aviva el fuego en la chimenea.
Al principio, ninguno de los dos había querido quemar
las almas de los troncos. «¿Cómo podían destruir algo tan hermoso? ¿Qué
necesidad había de luz y calor cuando existían el sol y las estrellas?». Pero
no, los humanos necesitaban de aquello llamado ‘chimenea’ y más ahora que se
acercaba el invierno. No hacerlo supondría no seguir intentando parecerse a
ellos, además de levantar sospechas. ¿En qué casa decente no se encendía un
pequeño fuego para calentarse por la noche?
—Me
estás volviendo loca con tus idas y venidas, Tapio. Tú nunca sueles ser tan…
apresurado.
Tapio sonríe y se sienta en uno de los incómodos
sillones al lado de la chimenea. Sigue inquieto, pero la mirada de su compañera
es suficiente para obligarle a calmarse.
—Hoy
ha pasado algo extraño… ¡Y no sé si es
algo bueno o no! —Sus manos nudosas se entrelazan, nerviosas, mientras intenta
poner en orden sus pensamientos—. Hoy estaba con el viejo Tomás, examinando una
de sus yeguas y… no sé, tengo la costumbre de hablarle sobre los animales; los
hombres no saben ver lo que tienen delante así que yo… yo…
—¿Y
qué ha sucedido? —Lete intenta contener su impaciencia.
Tapio siempre ha necesitado contarlo todo a su debido
tiempo, midiendo sus palabras como si cada una de ellas fuera importante.
—¡Me
ha llamado ‘amigo’! —dice Tapio incrédulo—. ¡A mí! No pensé nunca que ocurriría
esto… ¿Sabes lo que eso significa, querida? ¿Lo entiendes? ¡Me ha considerado
humano!
Lete se abalanza sobre Tapio, abrazándole. ¡Han
logrado lo que parecía imposible! ¡Han convencido a un humano de que ellos
también lo son! Dejando que el fuego se apague, ambas criaturas bailan en la
oscuridad, ríen y hablan en su maravillosa y misteriosa lengua. Por una noche
la angustia, el miedo y la incertidumbre desaparecen. Ellos son Bosque y Río.
Dos criaturas libres. Dos monstruos únicos.
El otoño pasa y los días se van acortando poco a poco.
Llega el invierno y con él, el frío y la desesperanza. En estos meses Lete ha
demostrado ser una aprendiz excepcional, incluso Magda lo reconoce. Como su
ayudante no solo ha aprendido a una velocidad sorprendente los rudimentos de
las matemáticas y de las letras, también parece tener un instinto natural para
saber cuándo llegarán las peores lluvias, y cuáles serán las zonas que más
sufrirán de inundaciones y riadas. Poco a poco, Magda empieza a apoyarse en Lete
y a considerarla no su ayudante sino su compañera. Al principio parecía que sus
fuertes caracteres iban a chocar, pero todos en el pueblo reconocen que ambas
mujeres se complementan a la perfección. Lo que a Magda le falta de amabilidad
y buenas palabras, lo tiene Lete, y lo que a ella le falta de calidez y
humanidad lo tiene Magda. «¿Quién lo hubiese podido imaginar?».
En la granja de Tomás todos están de luto. El pobre
hombre se perdió en una nevada y cuando lo encontraron era demasiado tarde.
Muchos de sus magníficos animales se venden para poder saldar sus deudas, pero
este ha dejado algunos a Tapio. Si no hubiese sido por el cariño que sentía
hacia el bueno de Tomás no los hubiera aceptado. ¿Qué va a hacer ahora con esta
inesperada riqueza? Con su característica paciencia, Tapio construye un
cobertizo para sus nuevos animales. Al igual que él, los animales también
necesitarán calor y refugio para lo que queda de invierno. Luego, cuando llegue
la primavera tomará una decisión.
Las largas noches se convierten en el momento para
conversar al lado de la chimenea. Tapio habla de sus animales, cómo los está
cuidando y qué podría hacer con ellos en un futuro. Lete prefiere entusiasmarse
con las matemáticas y las ciencias, Magda no pierde oportunidad y ya le ha enseñado
a manejar un pequeño telescopio y a ver a través de un microscopio. Su sueño es
ir a la ciudad en algún momento y seguir aprendiendo. Junto a las llamas
vacilantes, que alimentan cada noche con nuevos troncos, ambos discuten sobre
si podrían cambiar este mueble o aquél, o si es necesario arreglar la gotera de
la habitación pequeña, o si eso puede esperar.
Llega la primavera y todo despierta. Las flores, los
pájaros, los árboles, incluso la gente empieza a salir de sus casas en busca
del sol y el calor.
Un hombre y una mujer están sentados en un banco
delante de su casa. A los lejos se ven los prados verdes y el río como una
cinta de plata atravesada por un muro gris. El bosque oscuro y misterioso hace
de frontera del valle.
—Ha
sido un invierno largo —comenta Lete, por decir algo—. Las últimas heladas han
dañado la presa, Magda y yo ya estamos planeando los arreglos para evitar
inundaciones durante el deshielo de primavera…
—¿A
veces no tienes la sensación de que hay algo que has olvidado? Algo importante,
algo… —Tapio se encoge de hombros incapaz de encontrar las palabras.
—Yo
también tengo esa sensación… —Lete juguetea distraída con el pelo plateado de
su marido—. Y cuando pienso en ello… mi vida me parece más gris y aburrida.
Como si hubiese habido algo antes, algo más vivo, mejor que esto…
Ambos suspiran mirando sin ver a la distancia. Ambos
sabían que habían perdido algo… «¿Qué era?». ¿Qué era?

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