Mario sale antes de trabajar y llega a casa con margen suficiente para preparar la gran velada. Todavía tiene un rato antes de que llegue Alicia. Pone el móvil a cargar junto a la tele, se da una ducha y se viste adecuadamente: cómodo, pero no demasiado informal. Deja el salmón preparado, y mientras se calienta el horno pone la mesa, con el mantel blanco y los platos buenos. Una vela en el centro, la cubitera junto a la mesa, y la botella de champán enfriándose en el hielo. Atenúa las luces del salón y en la cadena pone, no demasiado alta, un recopilatorio de canciones de Paul Carrack. Ya está casi todo listo, queda lo más importante. Abre la cajita forrada en terciopelo y observa el anillo de oro blanco con un pequeño diamante engarzado. Tiene que ser una sorpresa, debe tenerlo cerca, pero oculto, hasta el último momento. Esconde la pequeña caja en la estantería, detrás de la foto de los dos juntos en Ribadesella. Todo está perfecto, a Alicia le va a encantar.
De pronto suena el timbre. Mario mira el reloj, aún es temprano. ¿Y por qué llama? Se habrá olvidado las llaves, piensa. Abre la puerta y, durante un momento, se queda desconcertado. Una chica morena y menuda está en el dintel. No es Alicia, pero la cara le suena de algo.
—Hola, Mario. ¿Te acuerdas de mí?
Entonces recuerda. Es la chica del metro, esa misma mañana. Pero entonces era rubia, y ahora, sin el maquillaje y con otro peinado, no parece tan joven, se le notan algunas arrugas de expresión incipientes.
—Verónica —se presenta ella—. ¿Puedo pasar?
—¿Verónica? —duda Mario—. Pero si esta mañana me has dicho que te llamabas…
…Lucía —la joven rubia le tendió la mano.
Él se la estrechó firme, pero sin apretar, para darle confianza.
—Así que secretaria administrativa, ¿no? Mucha suerte, seguro que te sale genial y te dan el trabajo.
—Gracias, Mario, eso espero. No es un buen momento en casa y nos vendrá muy bien. La verdad es que me has salvado la vida, no sabría qué hacer si llego tarde a la entrevista.
—Es solo un billete de metro, no pasa nada —dijo él, quitándole importancia —. ¿Cuál coges?
—La seis, hasta Guzmán el Bueno. ¿Y tú?
—La tres, y luego la cinco. Te acompaño al andén.
Caminaban por el andén cuando un tren de la línea gris entró en la estación. Lucía se agitó nerviosa, con el bolso en una mano y una carpeta de plástico transparente llena de currículums en la otra.
—Estate tranquila, seguro que lo vas a hacer genial —dijo él, por encima del chirrido de los frenos.
—Todavía no sé cómo he podido dejarme el abono en casa… y no llevo efectivo ni tarjeta.
—Son los nervios, a veces pasa, es normal. Lo importante es que vayas relajada y des lo mejor de ti misma.
Con un resoplido hidráulico se abrieron las puertas del vagón.
—Gracias, Mario, me has salvado la vida, te debo una.
Lucía le guiñó un ojo y entró…
…en el salón. Camina despacio, con pasos firmes y seguros, sigilosos a pesar de las botas con tacón, como un felino reconociendo su territorio.
—Bonita casa —dice Verónica—. ¿Alicia no ha llegado aún? Mejor, así no os interrumpo. Seguro que le encanta la sorpresa y te da el ‘sí, quiero’.
Mario se queda de piedra, congelado en la entrada.
—Pero tú, ¿cómo sabes… —cierra la puerta y sigue a la mujer.
—Tranquilo, sé muchas cosas de ti, Mario Rodríguez Crespo, y tenemos mucho de qué hablar. Pero tú relájate y da lo mejor de ti mismo, seguro que lo haces genial.
Verónica deja el bolso en la mesa del comedor, abre la botella y llena dos copas.
—¡Vaya, Moët & Chandon! No reparas en gastos, ¿eh, Mario? —le tiende una a él.
—P… pero… ¿Quién eres? —balbucea, y coge el vaso como acto reflejo.
—Verónica, ya te lo he dicho.
La mujer brinda con él, que no se mueve, y toma un breve trago saboreando el champán.
—¿Lucía? ¿Verónica? ¿Cuál es tu nombre real? —Mario deja la copa en la mesa sin probarla.
—¿Y eso qué importa? —se encoje de hombros—. Siéntate, todavía tenemos tiempo.
Con una mano, suave pero firme, Verónica empuja a Mario, que se deja caer en una de las sillas. Ella permanece en pie. Camina alrededor de la mesa, despacio, observando cada objeto de la estantería, cada libro, cada pequeña decoración. Se detiene un rato en la foto de Alicia y Mario en Ribadesella. La toma, y la observa atentamente. Se vuelve hacia él con el marco en la mano.
—No sabes por qué estoy aquí, ¿verdad?
—N… No… —Mario niega con la cabeza.
—Vengo por un rescate.
—¿Cómo?
—Hoy vas a rescatar tu vida —afirma ella.
Sin mirar, devuelve la foto a la estantería, que choca con la cajita de terciopelo. El marco se tambalea y cae al suelo, rompiéndose. Trozos de cristal se esparcen por todas partes, y la foto en Ribadesella vuela debajo de la mesa. Mario hace el amago de levantarse, pero Verónica se lo impide pisando con su bota el cojín de la silla, entre las piernas de él.
—Tu vida, Mario, la que comienza hoy mismo. Una vida feliz con Alicia Feito Galán, churumbeles, veranos en Ribadesella, un buen trabajo de nueve a cinco —dice mientras abre la pequeña caja de terciopelo—. Hoy puedes rescatarla.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a treinta mil euros y desaparezco. Una pequeña cantidad y dará comienzo tu vida feliz.
Verónica observa el anillo de oro blanco, lo hace girar en la palma de su mano, y se lo guarda en el bolsillo. Mario intenta impedirlo, pero ella aprieta el tacón de su bota en la entrepierna de él, reteniéndole en la silla.
— De lo contrario —continúa—, tenemos mucha información sobre ti que podría hacerse pública. ¿En cuánto valoras tu vida, Mario?
—Es imposible, no tengo ese dinero.
—No me engañes, Mario, sí que lo tienes. La semana pasada pediste un préstamo al Santander, con la cuenta acabada en 8306 —Verónica baja el pie y se pasea despacio alrededor de la silla, como una pantera jugando con su presa —. Y por el viaje que estabas buscando no te preocupes. Las Seychelles como luna de miel han perdido mucho; de aquí a que os caséis estarán de capa caída. Yo os recomiendo Bali. La mejor época para ir es en septiembre, cuando no hace…
…frío, no puedes ir andando —dijo Mario—. Además, está lloviendo. No querrás llegar empapada a la entrevista.
Lucía estaba totalmente hundida, mirándole con unos ojos negros muy grandes, como un gatito desvalido en un vídeo de YouTube.
—No te preocupes, yo te compro un billete —dijo él buscando la cartera.
—No, no, señor… por favor, no haga eso… ¡Qué vergüenza! —se sonrojó, y sacó del bolso un móvil de última generación en una carcasa con dos grandes orejas de conejo—. Puedo llamar a casa para que vengan a buscarme y me lleven.
Sin hacerle caso, Mario comenzó a teclear en la pantalla de la máquina expendedora. La chica estaba incómoda, sin saber cómo reaccionar.
—Insisto, no hay más que hablar. ¿Un Metrobús de diez te va bien?
—De verdad, que no es necesario —dijo Lucía desbloqueando su móvil—. Voy a llamar…
…a la policía —Mario se levanta de la silla, y se dirige hacia el mueble de la televisión.
—No lo harás —le interrumpe Verónica—, o de lo contrario enviaremos la lista con todas tus búsquedas en Google a Alicia, a tus padres, y a tus compañeros de trabajo.
Mario se detiene en seco a mitad de camino. Ella le mira fijamente desde la estantería.
—Pareces modosito pero, ¿quién lo diría? Buscas a Amarna Miller más que los resultados de La Liga. Te gustan las pelirrojas, ¿eh? Si lo llego a saber hubiera elegido una peluca diferente esta mañana. Pero no te preocupes, Mario, es normal, ¿quién no busca porno hoy en día? Además, eres joven, estás de buen ver, y para pelirrojas ya tienes a tu compañera de oficina: Sandra, ¿verdad? ¿Le gustaron las flores?
—P… pero…
—También tenemos acceso a tus tarjetas, y a tu cuenta de Amazon —continúa Verónica—. Las contraseñas son muy sencillas. ‘Mari0yAliRibadesella”, cambiando la ‘o’ por un cero. ¡Qué original! Venga, Mario, sé que puedes hacerlo mejor.
—Era su cumpleaños… —se excusa él.
—No me mientas, Mario, Sandra cumple el 12 de marzo, y las flores son de hace dos semanas. Por cierto, los mails y mensajes que os enviáis son muy interesantes.
—Puedo explicarlo.
—¿Y la reserva en el Zouk también? Ese día Alicia estaba en Ribadesella. ¿Lo pasaste bien con Sandra?
—No puedes demostrarlo.
—Sí que puedo. Es la magia de la nube, las fotos se suben automáticamente. Lo cierto es que los vídeos son muy buenos, Sandra es muy flexible, deberíais enviárselos a Torbe —Verónica señala el móvil de Mario, cargándose junto al televisor—. Con todo el material que hay aquí…
…tienes —Mario le entregó el billete.
—Gracias —dijo ella bajando la mirada tímidamente.
Con las manos llenas, Lucía estiró el brazo para coger el Metrobús, y este se le resbaló entre los dedos. Intentó atraparlo al vuelo, pero solo consiguió desparramar por el suelo su bolso y los currículums, y arrastrar consigo todas las cosas de Mario. Metrobús, cartera, tarjetas de crédito, bolso, tartera, maletín, y dos móviles, uno de ellos en una carcasa con orejas de conejo, se desperdigaron por el suelo de la estación. Lucía y Mario se agacharon al mismo tiempo para recoger el desastre.
—Perdona, es que estoy nerviosa —se disculpó ella.
—Tranquila, no pasa nada.
Lucía recuperó una tartera volcada, intentando no agitarla demasiado.
—Espero que no fuera nada delicado.
—Revuelto de champiñones y ajetes, más revuelto no va a quedar —sonrió él.
Mario apiló un taco de currículums arrugados y los metió en la carpeta de plástico transparente.
—Creo que esto es tuyo.
—Y esto tuyo —ella le ofreció un batiburrillo de tarjetas de crédito, tarjetas de visita, y tarjetas de descuento, que intercambió por la carpeta —. De verdad que no sé cómo agradecértelo.
—Simplemente coge el billete y haz bien la entrevista —dijo Mario—. Otro día me podría pasar lo mismo a mí.
Lucía levantó la vista, mirando a Mario con unos ojos negros muy grandes.
—Está bien, vale…
…vale, ¡pero cállate ya! —grita Mario, llevándose las manos a la cabeza— Me estás arruinando la vida… ¿Qué quieres?
—Ya te lo he dicho, treinta mil euros y tu vida vuelve a ser tuya —repite Verónica.
—Pero ese dinero es para la boda, el viaje, el anillo…
—Siempre puedes ahorrar de nuevo, o pedir otro préstamo. Cuando tienes por delante una vida llena de amor y felicidad, ¿qué más da esperar un año más o dos?
—No, no… me estás arruinando la vida… —protesta él.
—Como quieras, voy a enviar todos tus datos… —ella se gira y camina hacia la mesa.
—¡Vale, acepto! ¿Qué tengo que hacer?
—Buena elección —Verónica rebusca en su bolso—. La transferencia ya está preparada. Ven, solo necesito tu huella dactilar o el reconocimiento facial.
Sudando, nervioso, Mario se acerca. Las piernas le tiemblan. Tropieza y está a punto de caer. Se apoya en la mesa. Sus manos vacilantes golpean la botella de Moët & Chandon y esta rueda por el mantel. Consigue atraparla antes de que caiga al suelo y derrame todo el líquido. Unas gotas caen sobre la foto de Alicia y Mario en Ribadesella.
—Me estás arruinando la vida… —murmura, casi en un susurro.
—Tranquilo, Mario, que lo estás haciendo muy bien. Dentro de un minuto me iré y tu vida volverá a ser tuya —dice ella sin volverse.
Verónica saca del bolso un móvil de última generación en una carcasa con orejas de conejo, y prepara la aplicación con la transferencia. En cuanto se gira para ofrecérselo a Mario, la enorme botella de champán se estrella contra su rostro, reventándole el labio y partiéndole la mandíbula. El impacto hace rebotar a Verónica contra la estantería. Se golpea en la sien y cae al suelo con los ojos negros muy abiertos. Mario aún sujeta la botella que, al contrario de lo que sucede en las películas, no se ha roto.
—Me estás arruinando la vida, me estás arruinando la vida… —gruñe cada vez más alto.
Un gemido quejumbroso sale de la boca destrozada de Verónica. Mario se sienta a horcajadas encima de ella, con una rodilla a cada lado de su menudo cuerpo, y cogiendo la botella con ambas manos, la estrella una vez, y otra, y otra, contra la cara de la mujer. Ella intenta gritar, pero tras el primer chasquido que quiebra la nariz y los dientes la voz se detiene, y solo se escuchan los golpes de la botella y el crujir del cráneo, hasta que el restallar de huesos se convierte en un chapoteo grumoso de carne y sangre.
—¡Me estás arruinando la vida! —grita él.
La botella no resiste más y se rompe, pero Mario no deja de golpear, empuñándola como si fuera un cuchillo de filo serrado e irregular, y clavándolo una, y otra, y otra vez en el rostro mutilado de Verónica, donde ya no queda ningún rasgo reconocible.
Entonces Mario se detiene, jadeando en silencio. Tiene las manos llenas de cortes. La alfombra está teñida de rojo y cubierta de astillas de hueso y trocitos de cristal y de sesos. Bajo él, desde el amasijo de carne y sangre que antes era la cara de Verónica, un único ojo negro sin párpado le mira fijamente.
—Me estás arruinando la vida… —gime por última vez, antes de soltar la botella y dejar caer sus brazos exhaustos.
Se hace el silencio, roto únicamente por una música suave y la voz aterciopelada de Paul Carrack. Bajo la mesa queda la foto de Alicia y Mario en Ribadesella, arrugada y empapada en sangre y champán.
De pronto suena el timbre. A través de la puerta se escucha la voz de Alicia.
—Cariño, ¿me abres? Me he olvidado las llaves.




