Aunque ahora me veáis desgastado y casi sin tinta, un
día fui como vosotros. Recuerdo cuando salí de fábrica ¡La tinta palpitaba en
mi interior! Mi muelle… ¡Oh, mi muelle! ¡Con qué suavidad hacía clic! ¡Incluso
mi plástico era brillante y sin marcas!
¡Ay! Sí, pequeño bolígrafo Paradores, no me mires así.
Una vez fui tan joven y nuevo como tú…
Lo primero que recuerdo son unas manos extrañas
poniéndome encima de un bloc de notas y apagando las luces. Esa fue la primera
vez que conocí la soledad. Imaginaos. Notas nunca hablaba, Mesa hacía como si
no hubiera nadie encima de ella, los demás solo cuchicheaban entre sí. Yo era
insignificante, un simple bolígrafo sin usar. Por un tiempo creí que nada iba a
cambiar, que mi vida siempre sería así… Hasta que las luces se encendieron y
todo cambió.
En aquel momento vivía adormilado, desganado y sin
encontrarle el sentido a mi existencia. Estaba casi tan desconectado como
nuestro amigo Montblanc, allí al fondo… Pobre, su tinta se ha marchitado tanto
y su punta está tan desafilada, que ahora solo le queda este retiro silencioso…
En fin, no perdamos el hilo… ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí!
Gracias por recordármelo, lápiz Ikea. Como os iba diciendo, el lugar se iluminó
con un brillo cegador y entonces… ¡alguien me cogió! Pero no como esas primeras
manos frías e impersonales. Esta vez eran cálidas y firmes. Por primera vez me
sentí seguro y empecé a tener esperanza… ¿Y si mi suerte había cambiado?
Pero las luces se volvieron a apagar. Esas manos solo
me habían necesitado unos segundos. Ahora volvía a estar solo en la oscuridad.
Aquellos fueron tiempos duros, muchachos. Cada vez que entraba alguien yo esperaba
que hicieran bombear mi tinta. Solo la esperanza de escribir algo, aunque fuera
un simple número, era lo que me motivaba a seguir haciendo clic.
Entonces llegaron unas manos increíbles que planearon
una gran fuga metiéndome en un bolso. Toda mi vida cambió. ¡Imaginaos cuando vi
el mundo por primera vez! Cada vez que salía de la bolsa, encontraba nuevas y
maravillosas cosas que escribir. Mi muelle era incapaz de quedarse quieto, mi
tinta fluía, con toda la rapidez que podía, para no olvidar nada. ¡Qué tiempos
aquellos! Esas manos y yo escribimos cientos de diarios de todos nuestros
viajes, aprendimos nuevos idiomas y culturas, pasamos buenos y malos momentos
juntos… ¿Y sabéis qué? Nada de esto hubiese ocurrido si me hubiese rendido
cuando las cosas se pusieron difíciles.
Sé que a veces puede ser duro, jóvenes. He visto cómo
muchos os desanimáis cuando el cajón se abre y no os cogen, pero no debéis
perder la esperanza. Nunca dejéis que vuestra tinta se seque o que vuestro
muelle se oxide… porque nunca, nunca sabéis dónde terminará vuestro camino. ¿Y
si acabáis siendo un bolígrafo de estudiante? ¿Y si nuestro pequeño Ikea
construye algo? ¿Y si alguien os ve en una mesa, os recoge y os lleva a un
nuevo estuche? ¡Ay!, son tantas las posibilidades…

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