2021/05/01

Muelle oxidado


Venga, venga, acercaos todos. Hoy, este anciano, os quiere contar una historia. Vamos, haced hueco para que los más pequeños puedan acomodarse al frente. Pilot, oirás igual al fondo del cajón, no te quejes tanto. ¿Estamos todos? Perfecto… Entonces empecemos.

Aunque ahora me veáis desgastado y casi sin tinta, un día fui como vosotros. Recuerdo cuando salí de fábrica ¡La tinta palpitaba en mi interior! Mi muelle… ¡Oh, mi muelle! ¡Con qué suavidad hacía clic! ¡Incluso mi plástico era brillante y sin marcas!

¡Ay! Sí, pequeño bolígrafo Paradores, no me mires así. Una vez fui tan joven y nuevo como tú…

Lo primero que recuerdo son unas manos extrañas poniéndome encima de un bloc de notas y apagando las luces. Esa fue la primera vez que conocí la soledad. Imaginaos. Notas nunca hablaba, Mesa hacía como si no hubiera nadie encima de ella, los demás solo cuchicheaban entre sí. Yo era insignificante, un simple bolígrafo sin usar. Por un tiempo creí que nada iba a cambiar, que mi vida siempre sería así… Hasta que las luces se encendieron y todo cambió.

En aquel momento vivía adormilado, desganado y sin encontrarle el sentido a mi existencia. Estaba casi tan desconectado como nuestro amigo Montblanc, allí al fondo… Pobre, su tinta se ha marchitado tanto y su punta está tan desafilada, que ahora solo le queda este retiro silencioso…

En fin, no perdamos el hilo… ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! Gracias por recordármelo, lápiz Ikea. Como os iba diciendo, el lugar se iluminó con un brillo cegador y entonces… ¡alguien me cogió! Pero no como esas primeras manos frías e impersonales. Esta vez eran cálidas y firmes. Por primera vez me sentí seguro y empecé a tener esperanza… ¿Y si mi suerte había cambiado?

Pero las luces se volvieron a apagar. Esas manos solo me habían necesitado unos segundos. Ahora volvía a estar solo en la oscuridad. Aquellos fueron tiempos duros, muchachos. Cada vez que entraba alguien yo esperaba que hicieran bombear mi tinta. Solo la esperanza de escribir algo, aunque fuera un simple número, era lo que me motivaba a seguir haciendo clic.

Entonces llegaron unas manos increíbles que planearon una gran fuga metiéndome en un bolso. Toda mi vida cambió. ¡Imaginaos cuando vi el mundo por primera vez! Cada vez que salía de la bolsa, encontraba nuevas y maravillosas cosas que escribir. Mi muelle era incapaz de quedarse quieto, mi tinta fluía, con toda la rapidez que podía, para no olvidar nada. ¡Qué tiempos aquellos! Esas manos y yo escribimos cientos de diarios de todos nuestros viajes, aprendimos nuevos idiomas y culturas, pasamos buenos y malos momentos juntos… ¿Y sabéis qué? Nada de esto hubiese ocurrido si me hubiese rendido cuando las cosas se pusieron difíciles.

Sé que a veces puede ser duro, jóvenes. He visto cómo muchos os desanimáis cuando el cajón se abre y no os cogen, pero no debéis perder la esperanza. Nunca dejéis que vuestra tinta se seque o que vuestro muelle se oxide… porque nunca, nunca sabéis dónde terminará vuestro camino. ¿Y si acabáis siendo un bolígrafo de estudiante? ¿Y si nuestro pequeño Ikea construye algo? ¿Y si alguien os ve en una mesa, os recoge y os lleva a un nuevo estuche? ¡Ay!, son tantas las posibilidades…

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