2021/05/05

Rescate de vida


Mario sale antes de trabajar y llega a casa con margen suficiente para preparar la gran velada. Todavía tiene un rato antes de que llegue Alicia. Pone el móvil a cargar junto a la tele, se da una ducha y se viste adecuadamente: cómodo, pero no demasiado informal. Deja el salmón preparado, y mientras se calienta el horno pone la mesa, con el mantel blanco y los platos buenos. Una vela en el centro, la cubitera junto a la mesa, y la botella de champán enfriándose en el hielo. Atenúa las luces del salón y en la cadena pone, no demasiado alta, un recopilatorio de canciones de Paul Carrack. Ya está casi todo listo, queda lo más importante. Abre la cajita forrada en terciopelo y observa el anillo de oro blanco con un pequeño diamante engarzado. Tiene que ser una sorpresa, debe tenerlo cerca, pero oculto, hasta el último momento. Esconde la pequeña caja en la estantería, detrás de la foto de los dos juntos en Ribadesella. Todo está perfecto, a Alicia le va a encantar.

De pronto suena el timbre. Mario mira el reloj, aún es temprano. ¿Y por qué llama? Se habrá olvidado las llaves, piensa. Abre la puerta y, durante un momento, se queda desconcertado. Una chica morena y menuda está en el dintel. No es Alicia, pero la cara le suena de algo.

—Hola, Mario. ¿Te acuerdas de mí?

Entonces recuerda. Es la chica del metro, esa misma mañana. Pero entonces era rubia, y ahora, sin el maquillaje y con otro peinado, no parece tan joven, se le notan algunas arrugas de expresión incipientes.

—Verónica —se presenta ella—. ¿Puedo pasar?

—¿Verónica? —duda Mario—. Pero si esta mañana me has dicho que te llamabas…

 

…Lucía —la joven rubia le tendió la mano.

Él se la estrechó firme, pero sin apretar, para darle confianza.

—Así que secretaria administrativa, ¿no? Mucha suerte, seguro que te sale genial y te dan el trabajo.

—Gracias, Mario, eso espero. No es un buen momento en casa y nos vendrá muy bien. La verdad es que me has salvado la vida, no sabría qué hacer si llego tarde a la entrevista.

—Es solo un billete de metro, no pasa nada —dijo él, quitándole importancia —. ¿Cuál coges?

—La seis, hasta Guzmán el Bueno. ¿Y tú?

—La tres, y luego la cinco. Te acompaño al andén.

Caminaban por el andén cuando un tren de la línea gris entró en la estación. Lucía se agitó nerviosa, con el bolso en una mano y una carpeta de plástico transparente llena de currículums en la otra.

—Estate tranquila, seguro que lo vas a hacer genial —dijo él, por encima del chirrido de los frenos.

—Todavía no sé cómo he podido dejarme el abono en casa… y no llevo efectivo ni tarjeta.

—Son los nervios, a veces pasa, es normal. Lo importante es que vayas relajada y des lo mejor de ti misma.

Con un resoplido hidráulico se abrieron las puertas del vagón.

—Gracias, Mario, me has salvado la vida, te debo una.

Lucía le guiñó un ojo y entró…

 

…en el salón. Camina despacio, con pasos firmes y seguros, sigilosos a pesar de las botas con tacón, como un felino reconociendo su territorio.

—Bonita casa —dice Verónica—. ¿Alicia no ha llegado aún? Mejor, así no os interrumpo. Seguro que le encanta la sorpresa y te da el ‘sí, quiero’.

Mario se queda de piedra, congelado en la entrada.

—Pero tú, ¿cómo sabes… —cierra la puerta y sigue a la mujer.

—Tranquilo, sé muchas cosas de ti, Mario Rodríguez Crespo, y tenemos mucho de qué hablar. Pero tú relájate y da lo mejor de ti mismo, seguro que lo haces genial.

Verónica deja el bolso en la mesa del comedor, abre la botella y llena dos copas.

—¡Vaya, Moët & Chandon! No reparas en gastos, ¿eh, Mario? —le tiende una a él.

—P… pero… ¿Quién eres? —balbucea, y coge el vaso como acto reflejo.

—Verónica, ya te lo he dicho.

La mujer brinda con él, que no se mueve, y toma un breve trago saboreando el champán.

—¿Lucía? ¿Verónica? ¿Cuál es tu nombre real? —Mario deja la copa en la mesa sin probarla.

—¿Y eso qué importa? —se encoje de hombros—. Siéntate, todavía tenemos tiempo.

Con una mano, suave pero firme, Verónica empuja a Mario, que se deja caer en una de las sillas. Ella permanece en pie. Camina alrededor de la mesa, despacio, observando cada objeto de la estantería, cada libro, cada pequeña decoración. Se detiene un rato en la foto de Alicia y Mario en Ribadesella. La toma, y la observa atentamente. Se vuelve hacia él con el marco en la mano.

—No sabes por qué estoy aquí, ¿verdad?

—N… No… —Mario niega con la cabeza.

—Vengo por un rescate.

—¿Cómo?

—Hoy vas a rescatar tu vida —afirma ella.

Sin mirar, devuelve la foto a la estantería, que choca con la cajita de terciopelo. El marco se tambalea y cae al suelo, rompiéndose. Trozos de cristal se esparcen por todas partes, y la foto en Ribadesella vuela debajo de la mesa. Mario hace el amago de levantarse, pero Verónica se lo impide pisando con su bota el cojín de la silla, entre las piernas de él.

—Tu vida, Mario, la que comienza hoy mismo. Una vida feliz con Alicia Feito Galán, churumbeles, veranos en Ribadesella, un buen trabajo de nueve a cinco —dice mientras abre la pequeña caja de terciopelo—. Hoy puedes rescatarla.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a treinta mil euros y desaparezco. Una pequeña cantidad y dará comienzo tu vida feliz.

Verónica observa el anillo de oro blanco, lo hace girar en la palma de su mano, y se lo guarda en el bolsillo. Mario intenta impedirlo, pero ella aprieta el tacón de su bota en la entrepierna de él, reteniéndole en la silla.

— De lo contrario —continúa—, tenemos mucha información sobre ti que podría hacerse pública. ¿En cuánto valoras tu vida, Mario?

—Es imposible, no tengo ese dinero.

—No me engañes, Mario, sí que lo tienes. La semana pasada pediste un préstamo al Santander, con la cuenta acabada en 8306 —Verónica baja el pie y se pasea despacio alrededor de la silla, como una pantera jugando con su presa —. Y por el viaje que estabas buscando no te preocupes. Las Seychelles como luna de miel han perdido mucho; de aquí a que os caséis estarán de capa caída. Yo os recomiendo Bali. La mejor época para ir es en septiembre, cuando no hace…

 

…frío, no puedes ir andando —dijo Mario—. Además, está lloviendo. No querrás llegar empapada a la entrevista.

Lucía estaba totalmente hundida, mirándole con unos ojos negros muy grandes, como un gatito desvalido en un vídeo de YouTube.

—No te preocupes, yo te compro un billete —dijo él buscando la cartera.

—No, no, señor… por favor, no haga eso… ¡Qué vergüenza! —se sonrojó, y sacó del bolso un móvil de última generación en una carcasa con dos grandes orejas de conejo—. Puedo llamar a casa para que vengan a buscarme y me lleven.

Sin hacerle caso, Mario comenzó a teclear en la pantalla de la máquina expendedora. La chica estaba incómoda, sin saber cómo reaccionar.

—Insisto, no hay más que hablar. ¿Un Metrobús de diez te va bien?

—De verdad, que no es necesario —dijo Lucía desbloqueando su móvil—. Voy a llamar…

 

…a la policía —Mario se levanta de la silla, y se dirige hacia el mueble de la televisión.

—No lo harás —le interrumpe Verónica—, o de lo contrario enviaremos la lista con todas tus búsquedas en Google a Alicia, a tus padres, y a tus compañeros de trabajo.

Mario se detiene en seco a mitad de camino. Ella le mira fijamente desde la estantería.

—Pareces modosito pero, ¿quién lo diría? Buscas a Amarna Miller más que los resultados de La Liga. Te gustan las pelirrojas, ¿eh? Si lo llego a saber hubiera elegido una peluca diferente esta mañana. Pero no te preocupes, Mario, es normal, ¿quién no busca porno hoy en día? Además, eres joven, estás de buen ver, y para pelirrojas ya tienes a tu compañera de oficina: Sandra, ¿verdad? ¿Le gustaron las flores?

—P… pero…

—También tenemos acceso a tus tarjetas, y a tu cuenta de Amazon —continúa Verónica—. Las contraseñas son muy sencillas. ‘Mari0yAliRibadesella”, cambiando la ‘o’ por un cero. ¡Qué original! Venga, Mario, sé que puedes hacerlo mejor.

—Era su cumpleaños… —se excusa él.

—No me mientas, Mario, Sandra cumple el 12 de marzo, y las flores son de hace dos semanas. Por cierto, los mails y mensajes que os enviáis son muy interesantes.

—Puedo explicarlo.

—¿Y la reserva en el Zouk también? Ese día Alicia estaba en Ribadesella. ¿Lo pasaste bien con Sandra?

—No puedes demostrarlo.

—Sí que puedo. Es la magia de la nube, las fotos se suben automáticamente. Lo cierto es que los vídeos son muy buenos, Sandra es muy flexible, deberíais enviárselos a Torbe —Verónica señala el móvil de Mario, cargándose junto al televisor—. Con todo el material que hay aquí…

 

…tienes —Mario le entregó el billete.

—Gracias —dijo ella bajando la mirada tímidamente.

Con las manos llenas, Lucía estiró el brazo para coger el Metrobús, y este se le resbaló entre los dedos. Intentó atraparlo al vuelo, pero solo consiguió desparramar por el suelo su bolso y los currículums, y arrastrar consigo todas las cosas de Mario. Metrobús, cartera, tarjetas de crédito, bolso, tartera, maletín, y dos móviles, uno de ellos en una carcasa con orejas de conejo, se desperdigaron por el suelo de la estación. Lucía y Mario se agacharon al mismo tiempo para recoger el desastre.

—Perdona, es que estoy nerviosa —se disculpó ella.

—Tranquila, no pasa nada.

Lucía recuperó una tartera volcada, intentando no agitarla demasiado.

—Espero que no fuera nada delicado.

—Revuelto de champiñones y ajetes, más revuelto no va a quedar —sonrió él.

Mario apiló un taco de currículums arrugados y los metió en la carpeta de plástico transparente.

—Creo que esto es tuyo.

—Y esto tuyo —ella le ofreció un batiburrillo de tarjetas de crédito, tarjetas de visita, y tarjetas de descuento, que intercambió por la carpeta —. De verdad que no sé cómo agradecértelo.

—Simplemente coge el billete y haz bien la entrevista —dijo Mario—. Otro día me podría pasar lo mismo a mí.

Lucía levantó la vista, mirando a Mario con unos ojos negros muy grandes.

—Está bien, vale…

 

…vale, ¡pero cállate ya! —grita Mario, llevándose las manos a la cabeza— Me estás arruinando la vida… ¿Qué quieres?

—Ya te lo he dicho, treinta mil euros y tu vida vuelve a ser tuya —repite Verónica.

—Pero ese dinero es para la boda, el viaje, el anillo…

—Siempre puedes ahorrar de nuevo, o pedir otro préstamo. Cuando tienes por delante una vida llena de amor y felicidad, ¿qué más da esperar un año más o dos?

—No, no… me estás arruinando la vida… —protesta él.

—Como quieras, voy a enviar todos tus datos… —ella se gira y camina hacia la mesa.

—¡Vale, acepto! ¿Qué tengo que hacer?

—Buena elección —Verónica rebusca en su bolso—. La transferencia ya está preparada. Ven, solo necesito tu huella dactilar o el reconocimiento facial.

Sudando, nervioso, Mario se acerca. Las piernas le tiemblan. Tropieza y está a punto de caer. Se apoya en la mesa. Sus manos vacilantes golpean la botella de Moët & Chandon y esta rueda por el mantel. Consigue atraparla antes de que caiga al suelo y derrame todo el líquido. Unas gotas caen sobre la foto de Alicia y Mario en Ribadesella.

—Me estás arruinando la vida… —murmura, casi en un susurro.

—Tranquilo, Mario, que lo estás haciendo muy bien. Dentro de un minuto me iré y tu vida volverá a ser tuya —dice ella sin volverse.

Verónica saca del bolso un móvil de última generación en una carcasa con orejas de conejo, y prepara la aplicación con la transferencia. En cuanto se gira para ofrecérselo a Mario, la enorme botella de champán se estrella contra su rostro, reventándole el labio y partiéndole la mandíbula. El impacto hace rebotar a Verónica contra la estantería. Se golpea en la sien y cae al suelo con los ojos negros muy abiertos. Mario aún sujeta la botella que, al contrario de lo que sucede en las películas, no se ha roto.

—Me estás arruinando la vida, me estás arruinando la vida… —gruñe cada vez más alto.

Un gemido quejumbroso sale de la boca destrozada de Verónica. Mario se sienta a horcajadas encima de ella, con una rodilla a cada lado de su menudo cuerpo, y cogiendo la botella con ambas manos, la estrella una vez, y otra, y otra, contra la cara de la mujer. Ella intenta gritar, pero tras el primer chasquido que quiebra la nariz y los dientes la voz se detiene, y solo se escuchan los golpes de la botella y el crujir del cráneo, hasta que el restallar de huesos se convierte en un chapoteo grumoso de carne y sangre.

—¡Me estás arruinando la vida! —grita él.

La botella no resiste más y se rompe, pero Mario no deja de golpear, empuñándola como si fuera un cuchillo de filo serrado e irregular, y clavándolo una, y otra, y otra vez en el rostro mutilado de Verónica, donde ya no queda ningún rasgo reconocible.

Entonces Mario se detiene, jadeando en silencio. Tiene las manos llenas de cortes. La alfombra está teñida de rojo y cubierta de astillas de hueso y trocitos de cristal y de sesos. Bajo él, desde el amasijo de carne y sangre que antes era la cara de Verónica, un único ojo negro sin párpado le mira fijamente.

—Me estás arruinando la vida… —gime por última vez, antes de soltar la botella y dejar caer sus brazos exhaustos.

Se hace el silencio, roto únicamente por una música suave y la voz aterciopelada de Paul Carrack. Bajo la mesa queda la foto de Alicia y Mario en Ribadesella, arrugada y empapada en sangre y champán.

De pronto suena el timbre. A través de la puerta se escucha la voz de Alicia.

—Cariño, ¿me abres? Me he olvidado las llaves.

Telurio


Con un fuerte golpe de la cola, Abrego sobrepasó al grupo y se colocó en cabeza, junto a Sextante, que como siempre guiaba a la manada.

—Tenemos que ir más deprisa, no vamos a llegar a tiempo.

—No podemos ir más rápido, Ariete apenas puede nadar y se quedaría atrás.

Como si le respondiera, las ondas de los gemidos de Ariete se transmitieron a través del agua. Sextante chasqueó sus labios fónicos para ecolocalizarse.

—Además ya queda poco, llegaremos antes del rayo verde.

Abrego agitó su cola y saltó sobre las olas, regando la superficie del mar con una cascada de espuma. Efectivamente, en el horizonte ya se podía ver el Exxon-Cousteau. El resto de los delfines le imitó, excepto Ariete, que apenas podía salir para respirar, y eran los hermanos Sotavento y Barlovento los que le empujaban con el hocico hacia la superficie.

La jornada no había sido buena. Encontrar la veta de mineral les había tomado más tiempo del debido, y cuando quisieron regresar ya era bastante tarde. De vuelta, Abisal se había retrasado investigando un banco de arena, y fue atacado por un tiburón blanco. Pero, como siempre, allí estaba Ariete, defendiendo a la manada. Se arrojó sin dudarlo contra el tiburón y los dos se enzarzaron en un remolino de sal, espuma y sangre. Ariete consiguió ahuyentar al tiburón, que se fue buscando presas más fáciles, pero el delfín había quedado malherido.

Abrego le miró de reojo mientras se dejaba flotar para recuperar su posición en el grupo. Sus heridas tenían mala pinta, no dejaban de sangrar. Ariete sabía que su olor se extendería muchos kilómetros en el océano, y había insistido en que le dejarán atrás, que le dejaran hundirse y morir sin poner en peligro al grupo. Pero el resto se habían negado, los delfines no hacen eso, no abandonan a uno de los suyos. Le habían colocado en el centro de la manada, ayudado por Sotavento y Barlovento y rodeado por los demás. Tras él nadaba Abisal, asegurándose de que no se retrasara y empujándole cuando hacía falta. En sus ojos se notaba que se sentía culpable.

Abrego se deslizó hasta situarse junto a Coral.

—No creo que lo consiga. —exclamó con chillidos a su compañera.

—Espero que sí, —respondió ella— solo tiene que aguantar hasta el barco. Allí los humanos podrán curarle.

—Los humanos no le curarán, solo tienen medicina para humanos.

—Algún día seremos humanos. —burbujeó Coral.

—¿Tu crees?

—Nos lo han prometido, por eso trabajamos con ellos.

—Trabajamos para ellos, no con ellos. Y no estoy seguro de que al final cumplan su promesa.

—Yo creo que sí, —afirmó Coral mientras nadaba en círculos alrededor de Abrego— ¿Por qué sino se iban a tomar tantos esfuerzos en elevarnos?

—Porque nos necesitan… nos necesitan para encontrar el mineral bajo el agua, en las fosas. Ellos no pueden descender tan profundo. Además, solo la expresión “elevarnos”, suena pedante, ¿es que antes éramos inferiores?

—Nos hicieron conscientes.

—¡Ya éramos conscientes!

—Bueno, nos hicieron pensar…

—Pensar como ellos, querrás decir; antes también pensábamos. Nos preocupábamos del grupo, de las corrientes, de los bancos de peces… no nos preocupábamos del mineral ni de los plásticos.

—No lo sé… —borboteó Coral— Yo quiero pensar que sí lo harán, nos lo prometieron. Yo sí quiero ser humana. Me gustaría conocer la tierra, poder salir sin secarnos, y caminar…

—No creo que haya nada interesante en la tierra… Creo que se les ha agotado, o se les ha quedado pequeña… Ellos no son marinos, ¿por qué si no iban a venir al mar? A mi no me gustaría ser humano, o vivir en la tierra. No poder nadar, ni dejarse llevar por las corrientes…

Sextante dio la alerta con un chillido intermitente. El irregular rugido de una hélice herrumbrosa se extendía por todo el piélago, confundiendo los sentidos. Abisal se apresuró a saltar sobre las olas, seguido de Espuma de mar.

—No hay peligro, —dijo ella— solo son media docena de humanos en una vieja barca de madera.

—¿En una barca? ¿Pero qué hacen tan lejos de la costa?—se extrañó Abisal.

—Eso no importa ahora, ya casi hemos llegado. —chilló Sextante mientras chasqueaba para ecolocalizarse en el tramo final.

El cielo ya estaba oscuro cuando llegaron al barco. La bodega en la línea de flotación del Exxon-Cousteau todavía estaba abierta, y uno tras otro, todos los delfines entraron en la piscina. Una humana con aletas y un traje de goma se acercaba con un cubo de arenques cuando vio a Ariete, que apenas había conseguido apoyar su cabeza en la vereda metálica.

—¡Hay uno herido!

—¡Déjalo, Silvia! Luego nos ocuparemos de él. —la detuvo un humano gordo, mientras conectaba el traductor— Se acerca una lancha, y parecen piratas; tenemos que irnos rápido. Además tenemos unas cuotas que cumplir. Lo primero es lo primero.

La humana de las aletas acariciaba la piel de Ariete. Abisal cogió un arenque y se acercó al traductor, mientras el humano gordo terminaba de configurarlo.

—A ver qué me habéis encontrado hoy, pececitos…

—[Bzzzz] Mineral encontrado…. [pffiiiffzzz] …color… blanco metal [pfff] —tradujo el dispositivo los chillidos del delfín.

—¡Silvia! Creo que lo tenemos, ¡es telurio!

—El pobre está malherido, creo que ha sido un tiburón…

Gritos y pasos apresurados se extendieron por la cubierta del barco, rebotando en la cubierta metálica.

—¿Y las coordenadas? Venga, pez, ¡rápido! ¿Dónde está el telurio?

—[Pfffzzz] Sur 47º 9’, [bzzz] Oeste 126º 43’ —tradujo la máquina.

Resonaron dos disparos, y sus ondas se transmitieron hasta el agua, asustando a los delfines, que comenzaron a chillar.

—[Bzzz] ¡Peligro! ¡Peligro! [Pffff].

—Cierra la bodega, Silvia, nos vamos.

—¿Qué ocurre? ¿Qué es todo ese jaleo?

—¡Los piratas!

Antes de que Silvia pudiera moverse, la compuerta se abrió de golpe y entraron dos hombres delgados, uno alto y otro bajo, armados con pistolas.

—¡Pero qué coño…? —exclamó el gordo.

—¡Calla gordo! Solo queremos el mineral, ¿Dónde está? ¿Qué coordenadas te ha dado el bicho? —dijo el más alto.

—¡No podéis hacer esto! Es nuestra zona de explotación. Tenemos la autorización de…

¡¡¡BLAM!!!

Sin mediar palabra, el alto le disparó en el estómago a Silvia, que gritó y cayó al suelo retorciéndose.

—¡No, no! ¡Por favor! ¡No me hagáis daño! ¡Os lo diré… si solo es una comisión… pero no me hagáis daño… por favor.

—Tú te vienes con nosotros al puente… Nos vas a llevar allí.

—Jefe, ¿qué hago con esta? —dijo el más bajo.

—Tírala al agua, ya está muerta.

Con el pie empujó el cuerpo inconsciente de Silvia a la piscina. Los delfines la rodearon, elevándola suavemente con el hocico para mantenerla a flote.

El agua vibró cuando el barco encendió su motor. La bodega en línea de flotación, con sus puertas aun abiertas, pasó sobre sus cabezas y el Exxon-Cousteau se fue alejando en la noche. Silvia y los delfines se quedaron en alta mar, mientras el cielo de teñía de negro y el agua de rojo.

—¿Está muerta? —preguntó Coral.

—No, todavía no. —respondió Abrego.

—¿Sobrevivirá?

—No lo creo. Ariete tampoco, pero no les dejaremos morir solos.

Sotavento y Barlovento mantenían a flote a Silvia y Ariete. Sextante chasqueó sus labios buscando un rumbo. Abisal comenzó a nadar en círculos alrededor de la manada, vigilando la llegada de posibles depredadores, como anteriormente había hecho el delfín herido.

—¡Oye! —preguntó Abrego.

—¿Sí?

—¿Todavía quieres ser humana?

—Ya no estoy tan segura.

La mirilla


Me despierto sobresaltada. ¿Qué ha sido eso? Sonaba como un ruido dentro de casa, pisadas, el crujir de la madera… Pero, ¿lo he escuchado realmente o me lo he imaginado? Todavía estoy algo borracha. Quizá ha sido una pesadilla. Estoy empapada en sudor y tengo la respiración agitada. Habrá sido una pesadilla.

Me doy media vuelta en la cama e intento dormir; pero las sábanas están sudadas y arrugadas, y yo sigo inquieta. Separo un poco las piernas y trato de acariciarme, más por relajarme que por darme placer.

“¡ÑIAAC!”

Otra vez ese ruido, ahora estoy segura. Abro los ojos. La habitación está a oscuras, excepto por la parpadeante luz de una farmacia en la calle. La puerta de mi habitación está abierta. Nunca la dejo abierta; me da mal rollo. No es por vivir en un piso compartido, tengo mucha confianza con Julia, pero justo enfrente de mi habitación está el pasillo; y más allá, la puerta de entrada, con su mirilla, como un ojo, observando, justo enfrente de mi cama. Siempre tengo la sensación de que alguien me mira a través de esa maldita mirilla.

 —Marta, no seas cría —me digo a mí misma. Pero me siento desnuda, vulnerable.

Y la puerta de mi habitación sigue abierta. De repente la mirilla se ilumina. Hay luz en el descansillo, algún vecino que sube o que baja. Y el ojo que me observa toma forma en la oscuridad.

Estiro el brazo y busco el interruptor. No funciona.

— Habrán saltado los plomos, otra vez… —me intento convencer—. Quizá incluso ese haya sido el ruido que escuché, los plomos.

Al salir de la cama piso el bolso y mi ropa de la noche anterior tirada por el suelo. Los aparto con el pie descalzo. Estoy helada. Se habrá quedado alguna ventana abierta. Con las manos intento estirar la camiseta que llevo como única prenda. Camino despacio hacia el pasillo; hacia la mirilla y ese endemoniado ojo de luz que me observa.

De pronto la luz parpadea, un segundo, una sombra cruza delante del haz.

Me quedo quieta, congelada. Solo escucho mi respiración. Estoy segura, una sombra… alguien, o algo, ha cruzado delante de la mirilla. Pero… ¿ha sido dentro o fuera de casa? ¿En la entrada o en el descansillo?

— ¿Julia? —pregunto— ¿Eres tú?

Pero sé que no es ella, estoy segura; hoy se quedaba en casa de su novio.

“¡ÑIAC, ÑIAAAC!”

El ruido, de nuevo. La madera cruje. Pisadas en el salón. Hay alguien, no cabe duda. Me agarro al marco de la puerta, aterrada. Contemplo mis opciones. ¿Encerrarme en el baño? Ni de coña, el pestillo está roto. ¿Bloquear la puerta de mi cuarto? ¿Con qué? Como no sea con la mochila de la facultad… ¡La cocina! Puedo correr y coger un cuchillo. Pero, ¿y si es un ladrón? ¿O un asesino? A quién quiero engañar… si apenas paso el metro y medio y no llego a cincuenta kilos… ¡La puerta de la calle! Tengo que salir. El pasillo está a oscuras, pero me lo conozco; y la luz de la mirilla me marcará el camino.

En pie, aguantando la respiración y aferrada al marco de mi puerta, analizo mi recorrido. Primero está el cuarto de Julia, a la izquierda, y justo enfrente el baño. Lo siguiente es la cocina. La luz de la hora en el microondas me servirá de referencia. Pero al otro lado está el arco que da al salón. Y no hay puerta. Quienquiera que esté allí, me verá; tendré que pasar justo por delante. Tengo que correr. Todo lo que pueda.

“ÑIAAAC!”

— Vamos, Marta, tú puedes. —Me doy ánimos.

Cojo aire profundamente y aguanto la respiración. Mi pecho está a punto de estallar. Fijo la vista en la luz de la mirilla que marca mi destino, la salvación. Apenas cinco metros que se me hacen kilómetros.

Echo a correr. Paso por delante del cuarto de Julia. El baño. Una corriente de aire frío sale de él. Tropiezo con un zapato desparejado, pero mantengo el equilibrio. La cocina. La luz del microondas. La luz. Pero no esa luz, tengo que ir hacia la mirill…

— ¡¡¡Ostia!!! —Maldigo.

Caigo al suelo. Una lluvia de cartas cae sobre mí. Me he despistado un segundo y me he comido la mesilla de la entrada.

“¡ÑIAC, NIAC, ÑIAC, ÑIAC!”.

Me ha visto, viene a por mí. Una sombra se mueve por el rabillo del ojo, pero no me atrevo a mirar. Solo veo la mirilla y su luz. El tobillo me arde. Me levanto de un salto y me abalanzo sobre la puerta de entrada. A ciegas busco el pomo y tiro de él, intentando abrirlo, arrancarlo. Pero no se abre. Está cerrada. ¡Las llaves! ¿Dónde están las putas llaves? Desesperada palpo el cajetín. No están.

Y entonces recuerdo. Me giro y veo el pasillo, a oscuras. Y al fondo mi habitación, mi cama, y en el suelo mi bolso, iluminado por la enfermiza luz verde de la farmacia. Con mis llaves dentro.

— Mierda… —suspiro.

Una mano helada me cubre la boca, me impide gritar. La luz del descansillo se apaga y el ojo de la mirilla queda otra vez a oscuras.

Gonzalo Escudero

Desde siempre me ha gustado crear historias, personajes y mundos imaginarios. Empecé, como todos los niños, inventando aventuras con mis juguetes preferidos. A menudo, lo que iba a ser un breve momento de juego, se convertía en aventuras y tramas que se prolongaban durante días, semanas o meses.

Después llegó la inquietud por crear y contar historias. Casi siempre nacían y morían en mi imaginación. Pero, en ocasiones, jugaba con otros niños a verbalizarlas y contarlas entre nosotros, a darles forma a través de una narración compartida; alguien comenzaba una historia y, en un determinado momento, justo antes de una decisión o acontecimiento importante, se detenía, y era otro el que responsable de continuar.

Luego llegaron los juegos de rol, que me siguen acompañando hoy en día. Me dieron la oportunidad de ponerme en la piel de decenas de personajes, explorar cientos de lugares y mundos asombrosos, y vivir miles de aventuras inimaginables que, aún hoy, más de treinta años después, sigo recordando.

Casi al mismo tiempo empecé a escribir. No fueron cuentos, relatos, o fan-fics, como en ocasiones es habitual, sino guiones y canciones. Entonces tocaba el bajo eléctrico en varios grupos y tenía curiosidad por el mundo audiovisual. Así que, ¿por qué no? Era simplemente un modo de plasmar por escrito todas esas historias que inundaban mi cabeza, y ya se sabe que las historias pueden tomar muchas formas cuando buscan escaparse de la imaginación.

Y al final llegó la literatura. Los libros me habían acompañado desde siempre: en la playa, por las noches, en los viajes en autobús o en tren… Desde pequeño mi estantería siempre estaba repleta de cuentos, relatos y novelas. ¿Por qué no escribir los míos? ¿Por qué no plasmar por escrito todas aquellas historias para que otros también pudieran leerlas?

Para mi escribir es un modo, que no el único, de contar historias. Una vía para descubrir mundos, conocer personajes, vivir aventuras… y sobre todo de compartir esas experiencias, esos sentimientos que yo he vivido al escribirlas, con todo aquél que las lea, incluso en la distancia, incluso separados por el tiempo.

2021/05/01

Muelle oxidado


Venga, venga, acercaos todos. Hoy, este anciano, os quiere contar una historia. Vamos, haced hueco para que los más pequeños puedan acomodarse al frente. Pilot, oirás igual al fondo del cajón, no te quejes tanto. ¿Estamos todos? Perfecto… Entonces empecemos.

Aunque ahora me veáis desgastado y casi sin tinta, un día fui como vosotros. Recuerdo cuando salí de fábrica ¡La tinta palpitaba en mi interior! Mi muelle… ¡Oh, mi muelle! ¡Con qué suavidad hacía clic! ¡Incluso mi plástico era brillante y sin marcas!

¡Ay! Sí, pequeño bolígrafo Paradores, no me mires así. Una vez fui tan joven y nuevo como tú…

Lo primero que recuerdo son unas manos extrañas poniéndome encima de un bloc de notas y apagando las luces. Esa fue la primera vez que conocí la soledad. Imaginaos. Notas nunca hablaba, Mesa hacía como si no hubiera nadie encima de ella, los demás solo cuchicheaban entre sí. Yo era insignificante, un simple bolígrafo sin usar. Por un tiempo creí que nada iba a cambiar, que mi vida siempre sería así… Hasta que las luces se encendieron y todo cambió.

En aquel momento vivía adormilado, desganado y sin encontrarle el sentido a mi existencia. Estaba casi tan desconectado como nuestro amigo Montblanc, allí al fondo… Pobre, su tinta se ha marchitado tanto y su punta está tan desafilada, que ahora solo le queda este retiro silencioso…

En fin, no perdamos el hilo… ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! Gracias por recordármelo, lápiz Ikea. Como os iba diciendo, el lugar se iluminó con un brillo cegador y entonces… ¡alguien me cogió! Pero no como esas primeras manos frías e impersonales. Esta vez eran cálidas y firmes. Por primera vez me sentí seguro y empecé a tener esperanza… ¿Y si mi suerte había cambiado?

Pero las luces se volvieron a apagar. Esas manos solo me habían necesitado unos segundos. Ahora volvía a estar solo en la oscuridad. Aquellos fueron tiempos duros, muchachos. Cada vez que entraba alguien yo esperaba que hicieran bombear mi tinta. Solo la esperanza de escribir algo, aunque fuera un simple número, era lo que me motivaba a seguir haciendo clic.

Entonces llegaron unas manos increíbles que planearon una gran fuga metiéndome en un bolso. Toda mi vida cambió. ¡Imaginaos cuando vi el mundo por primera vez! Cada vez que salía de la bolsa, encontraba nuevas y maravillosas cosas que escribir. Mi muelle era incapaz de quedarse quieto, mi tinta fluía, con toda la rapidez que podía, para no olvidar nada. ¡Qué tiempos aquellos! Esas manos y yo escribimos cientos de diarios de todos nuestros viajes, aprendimos nuevos idiomas y culturas, pasamos buenos y malos momentos juntos… ¿Y sabéis qué? Nada de esto hubiese ocurrido si me hubiese rendido cuando las cosas se pusieron difíciles.

Sé que a veces puede ser duro, jóvenes. He visto cómo muchos os desanimáis cuando el cajón se abre y no os cogen, pero no debéis perder la esperanza. Nunca dejéis que vuestra tinta se seque o que vuestro muelle se oxide… porque nunca, nunca sabéis dónde terminará vuestro camino. ¿Y si acabáis siendo un bolígrafo de estudiante? ¿Y si nuestro pequeño Ikea construye algo? ¿Y si alguien os ve en una mesa, os recoge y os lleva a un nuevo estuche? ¡Ay!, son tantas las posibilidades…