Me despierto sobresaltada. ¿Qué ha sido eso? Sonaba como un ruido dentro de casa, pisadas, el crujir de la madera… Pero, ¿lo he escuchado realmente o me lo he imaginado? Todavía estoy algo borracha. Quizá ha sido una pesadilla. Estoy empapada en sudor y tengo la respiración agitada. Habrá sido una pesadilla.
Me doy media vuelta en la cama e intento dormir; pero las sábanas están sudadas y arrugadas, y yo sigo inquieta. Separo un poco las piernas y trato de acariciarme, más por relajarme que por darme placer.
“¡ÑIAAC!”
Otra vez ese ruido, ahora estoy segura. Abro los ojos. La habitación está a oscuras, excepto por la parpadeante luz de una farmacia en la calle. La puerta de mi habitación está abierta. Nunca la dejo abierta; me da mal rollo. No es por vivir en un piso compartido, tengo mucha confianza con Julia, pero justo enfrente de mi habitación está el pasillo; y más allá, la puerta de entrada, con su mirilla, como un ojo, observando, justo enfrente de mi cama. Siempre tengo la sensación de que alguien me mira a través de esa maldita mirilla.
—Marta, no seas cría —me digo a mí misma. Pero me siento desnuda, vulnerable.
Y la puerta de mi habitación sigue abierta. De repente la mirilla se ilumina. Hay luz en el descansillo, algún vecino que sube o que baja. Y el ojo que me observa toma forma en la oscuridad.
Estiro el brazo y busco el interruptor. No funciona.
— Habrán saltado los plomos, otra vez… —me intento convencer—. Quizá incluso ese haya sido el ruido que escuché, los plomos.
Al salir de la cama piso el bolso y mi ropa de la noche anterior tirada por el suelo. Los aparto con el pie descalzo. Estoy helada. Se habrá quedado alguna ventana abierta. Con las manos intento estirar la camiseta que llevo como única prenda. Camino despacio hacia el pasillo; hacia la mirilla y ese endemoniado ojo de luz que me observa.
De pronto la luz parpadea, un segundo, una sombra cruza delante del haz.
Me quedo quieta, congelada. Solo escucho mi respiración. Estoy segura, una sombra… alguien, o algo, ha cruzado delante de la mirilla. Pero… ¿ha sido dentro o fuera de casa? ¿En la entrada o en el descansillo?
— ¿Julia? —pregunto— ¿Eres tú?
Pero sé que no es ella, estoy segura; hoy se quedaba en casa de su novio.
“¡ÑIAC, ÑIAAAC!”
El ruido, de nuevo. La madera cruje. Pisadas en el salón. Hay alguien, no cabe duda. Me agarro al marco de la puerta, aterrada. Contemplo mis opciones. ¿Encerrarme en el baño? Ni de coña, el pestillo está roto. ¿Bloquear la puerta de mi cuarto? ¿Con qué? Como no sea con la mochila de la facultad… ¡La cocina! Puedo correr y coger un cuchillo. Pero, ¿y si es un ladrón? ¿O un asesino? A quién quiero engañar… si apenas paso el metro y medio y no llego a cincuenta kilos… ¡La puerta de la calle! Tengo que salir. El pasillo está a oscuras, pero me lo conozco; y la luz de la mirilla me marcará el camino.
En pie, aguantando la respiración y aferrada al marco de mi puerta, analizo mi recorrido. Primero está el cuarto de Julia, a la izquierda, y justo enfrente el baño. Lo siguiente es la cocina. La luz de la hora en el microondas me servirá de referencia. Pero al otro lado está el arco que da al salón. Y no hay puerta. Quienquiera que esté allí, me verá; tendré que pasar justo por delante. Tengo que correr. Todo lo que pueda.
“ÑIAAAC!”
— Vamos, Marta, tú puedes. —Me doy ánimos.
Cojo aire profundamente y aguanto la respiración. Mi pecho está a punto de estallar. Fijo la vista en la luz de la mirilla que marca mi destino, la salvación. Apenas cinco metros que se me hacen kilómetros.
Echo a correr. Paso por delante del cuarto de Julia. El baño. Una corriente de aire frío sale de él. Tropiezo con un zapato desparejado, pero mantengo el equilibrio. La cocina. La luz del microondas. La luz. Pero no esa luz, tengo que ir hacia la mirill…
— ¡¡¡Ostia!!! —Maldigo.
Caigo al suelo. Una lluvia de cartas cae sobre mí. Me he despistado un segundo y me he comido la mesilla de la entrada.
“¡ÑIAC, NIAC, ÑIAC, ÑIAC!”.
Me ha visto, viene a por mí. Una sombra se mueve por el rabillo del ojo, pero no me atrevo a mirar. Solo veo la mirilla y su luz. El tobillo me arde. Me levanto de un salto y me abalanzo sobre la puerta de entrada. A ciegas busco el pomo y tiro de él, intentando abrirlo, arrancarlo. Pero no se abre. Está cerrada. ¡Las llaves! ¿Dónde están las putas llaves? Desesperada palpo el cajetín. No están.
Y entonces recuerdo. Me giro y veo el pasillo, a oscuras. Y al fondo mi habitación, mi cama, y en el suelo mi bolso, iluminado por la enfermiza luz verde de la farmacia. Con mis llaves dentro.
— Mierda… —suspiro.
Una mano helada me cubre la boca, me impide gritar. La luz del descansillo se apaga y el ojo de la mirilla queda otra vez a oscuras.

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