Con un fuerte golpe de la cola, Abrego sobrepasó al grupo y se colocó en cabeza, junto a Sextante, que como siempre guiaba a la manada.
—Tenemos que ir más deprisa, no vamos a llegar a tiempo.
—No podemos ir más rápido, Ariete apenas puede nadar y se quedaría atrás.
Como si le respondiera, las ondas de los gemidos de Ariete se transmitieron a través del agua. Sextante chasqueó sus labios fónicos para ecolocalizarse.
—Además ya queda poco, llegaremos antes del rayo verde.
Abrego agitó su cola y saltó sobre las olas, regando la superficie del mar con una cascada de espuma. Efectivamente, en el horizonte ya se podía ver el Exxon-Cousteau. El resto de los delfines le imitó, excepto Ariete, que apenas podía salir para respirar, y eran los hermanos Sotavento y Barlovento los que le empujaban con el hocico hacia la superficie.
La jornada no había sido buena. Encontrar la veta de mineral les había tomado más tiempo del debido, y cuando quisieron regresar ya era bastante tarde. De vuelta, Abisal se había retrasado investigando un banco de arena, y fue atacado por un tiburón blanco. Pero, como siempre, allí estaba Ariete, defendiendo a la manada. Se arrojó sin dudarlo contra el tiburón y los dos se enzarzaron en un remolino de sal, espuma y sangre. Ariete consiguió ahuyentar al tiburón, que se fue buscando presas más fáciles, pero el delfín había quedado malherido.
Abrego le miró de reojo mientras se dejaba flotar para recuperar su posición en el grupo. Sus heridas tenían mala pinta, no dejaban de sangrar. Ariete sabía que su olor se extendería muchos kilómetros en el océano, y había insistido en que le dejarán atrás, que le dejaran hundirse y morir sin poner en peligro al grupo. Pero el resto se habían negado, los delfines no hacen eso, no abandonan a uno de los suyos. Le habían colocado en el centro de la manada, ayudado por Sotavento y Barlovento y rodeado por los demás. Tras él nadaba Abisal, asegurándose de que no se retrasara y empujándole cuando hacía falta. En sus ojos se notaba que se sentía culpable.
Abrego se deslizó hasta situarse junto a Coral.
—No creo que lo consiga. —exclamó con chillidos a su compañera.
—Espero que sí, —respondió ella— solo tiene que aguantar hasta el barco. Allí los humanos podrán curarle.
—Los humanos no le curarán, solo tienen medicina para humanos.
—Algún día seremos humanos. —burbujeó Coral.
—¿Tu crees?
—Nos lo han prometido, por eso trabajamos con ellos.
—Trabajamos para ellos, no con ellos. Y no estoy seguro de que al final cumplan su promesa.
—Yo creo que sí, —afirmó Coral mientras nadaba en círculos alrededor de Abrego— ¿Por qué sino se iban a tomar tantos esfuerzos en elevarnos?
—Porque nos necesitan… nos necesitan para encontrar el mineral bajo el agua, en las fosas. Ellos no pueden descender tan profundo. Además, solo la expresión “elevarnos”, suena pedante, ¿es que antes éramos inferiores?
—Nos hicieron conscientes.
—¡Ya éramos conscientes!
—Bueno, nos hicieron pensar…
—Pensar como ellos, querrás decir; antes también pensábamos. Nos preocupábamos del grupo, de las corrientes, de los bancos de peces… no nos preocupábamos del mineral ni de los plásticos.
—No lo sé… —borboteó Coral— Yo quiero pensar que sí lo harán, nos lo prometieron. Yo sí quiero ser humana. Me gustaría conocer la tierra, poder salir sin secarnos, y caminar…
—No creo que haya nada interesante en la tierra… Creo que se les ha agotado, o se les ha quedado pequeña… Ellos no son marinos, ¿por qué si no iban a venir al mar? A mi no me gustaría ser humano, o vivir en la tierra. No poder nadar, ni dejarse llevar por las corrientes…
Sextante dio la alerta con un chillido intermitente. El irregular rugido de una hélice herrumbrosa se extendía por todo el piélago, confundiendo los sentidos. Abisal se apresuró a saltar sobre las olas, seguido de Espuma de mar.
—No hay peligro, —dijo ella— solo son media docena de humanos en una vieja barca de madera.
—¿En una barca? ¿Pero qué hacen tan lejos de la costa?—se extrañó Abisal.
—Eso no importa ahora, ya casi hemos llegado. —chilló Sextante mientras chasqueaba para ecolocalizarse en el tramo final.
El cielo ya estaba oscuro cuando llegaron al barco. La bodega en la línea de flotación del Exxon-Cousteau todavía estaba abierta, y uno tras otro, todos los delfines entraron en la piscina. Una humana con aletas y un traje de goma se acercaba con un cubo de arenques cuando vio a Ariete, que apenas había conseguido apoyar su cabeza en la vereda metálica.
—¡Hay uno herido!
—¡Déjalo, Silvia! Luego nos ocuparemos de él. —la detuvo un humano gordo, mientras conectaba el traductor— Se acerca una lancha, y parecen piratas; tenemos que irnos rápido. Además tenemos unas cuotas que cumplir. Lo primero es lo primero.
La humana de las aletas acariciaba la piel de Ariete. Abisal cogió un arenque y se acercó al traductor, mientras el humano gordo terminaba de configurarlo.
—A ver qué me habéis encontrado hoy, pececitos…
—[Bzzzz] Mineral encontrado…. [pffiiiffzzz] …color… blanco metal [pfff] —tradujo el dispositivo los chillidos del delfín.
—¡Silvia! Creo que lo tenemos, ¡es telurio!
—El pobre está malherido, creo que ha sido un tiburón…
Gritos y pasos apresurados se extendieron por la cubierta del barco, rebotando en la cubierta metálica.
—¿Y las coordenadas? Venga, pez, ¡rápido! ¿Dónde está el telurio?
—[Pfffzzz] Sur 47º 9’, [bzzz] Oeste 126º 43’ —tradujo la máquina.
Resonaron dos disparos, y sus ondas se transmitieron hasta el agua, asustando a los delfines, que comenzaron a chillar.
—[Bzzz] ¡Peligro! ¡Peligro! [Pffff].
—Cierra la bodega, Silvia, nos vamos.
—¿Qué ocurre? ¿Qué es todo ese jaleo?
—¡Los piratas!
Antes de que Silvia pudiera moverse, la compuerta se abrió de golpe y entraron dos hombres delgados, uno alto y otro bajo, armados con pistolas.
—¡Pero qué coño…? —exclamó el gordo.
—¡Calla gordo! Solo queremos el mineral, ¿Dónde está? ¿Qué coordenadas te ha dado el bicho? —dijo el más alto.
—¡No podéis hacer esto! Es nuestra zona de explotación. Tenemos la autorización de…
¡¡¡BLAM!!!
Sin mediar palabra, el alto le disparó en el estómago a Silvia, que gritó y cayó al suelo retorciéndose.
—¡No, no! ¡Por favor! ¡No me hagáis daño! ¡Os lo diré… si solo es una comisión… pero no me hagáis daño… por favor.
—Tú te vienes con nosotros al puente… Nos vas a llevar allí.
—Jefe, ¿qué hago con esta? —dijo el más bajo.
—Tírala al agua, ya está muerta.
Con el pie empujó el cuerpo inconsciente de Silvia a la piscina. Los delfines la rodearon, elevándola suavemente con el hocico para mantenerla a flote.
El agua vibró cuando el barco encendió su motor. La bodega en línea de flotación, con sus puertas aun abiertas, pasó sobre sus cabezas y el Exxon-Cousteau se fue alejando en la noche. Silvia y los delfines se quedaron en alta mar, mientras el cielo de teñía de negro y el agua de rojo.
—¿Está muerta? —preguntó Coral.
—No, todavía no. —respondió Abrego.
—¿Sobrevivirá?
—No lo creo. Ariete tampoco, pero no les dejaremos morir solos.
Sotavento y Barlovento mantenían a flote a Silvia y Ariete. Sextante chasqueó sus labios buscando un rumbo. Abisal comenzó a nadar en círculos alrededor de la manada, vigilando la llegada de posibles depredadores, como anteriormente había hecho el delfín herido.
—¡Oye! —preguntó Abrego.
—¿Sí?
—¿Todavía quieres ser humana?
—Ya no estoy tan segura.

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